martes, 28 de enero de 2014

Ese maldito yo



El hombre se halla en algún lugar entre el ser y el no-ser, entre dos ficciones.
E. M. Cioran 
 

Hace casi diez años estuve hospedada en un hotel de una capital isleña. Era elegante, con una decoración minimalista y un ambiente chill out. Me gustaba bajar temprano a desayunar. Si me dan a elegir, prefiero las mesas pegadas a la pared; desde ahí la vista es privilegiada y se adquiere un rápido conocimiento de la fauna humana: el ejecutivo que solamente dispone de diez minutos para engullir el montadito de jamón, la tostada, el croissant y el café ardiendo; el turista arquetípico que se lanza a por su menú continental; o el par de amigas viudas que van buscando un sol amable. Las conversaciones a menudo son anodinas: “es imposible pelar el kiwi, está durísimo”, “coge una chaqueta, hoy hace viento”, “no me gusta el jamón york que ponen aquí”. Siempre he pensado que los restaurantes y los hoteles son magníficos escenarios para practicar la Sociología. Una de aquellas mañanas, examinando a una mujer que desayunaba sola como yo, sonreí al ver que barría las migas con la mano derecha, depositaba el montoncito en la mano izquierda y lo vertía en el plato, justo antes de levantarse. Reflejaba una personalidad metódica y práctica, acostumbrada a haberlo hecho toda la vida. “Como yo”, me dije. Como mi madre. Como mi abuela. Recoger una misma las migas de la mesa es un gesto sumamente cotidiano, pero queda relegado a la parcela doméstica, por eso me chocó verlo en un restaurante.


 
Todos los días bajaba a la misma hora con mi mismo libro: Ese maldito yo, de Cioran. Primero desayunaba despacio, poniendo atención al particular maridaje de colores y sabores. Después me zambullía en los aforismos. Ése era tal vez mi momento favorito de la jornada. Los clientes del hotel abandonaban el restaurante y se dirigían a la piscina, a sus quehaceres o visitas turísticas; yo, en cambio, apuraba los minutos con el estómago lleno y la mente concentrada en la lectura.


No sé por qué hoy me acuerdo de aquel hotel que tenía nombre de volcán o caldera, de su salón con música chill out, de todos los televisores emitiendo la noticia del incendio de un rascacielos en Madrid. Aquella semana Cioran me acompañó, me habló de la condición humana, de las perplejidades individuales, de las escasas certezas y de la mirada escéptica hacia un mundo que no conozco. Que no conozco. 

Hoy regreso a Cioran porque el silencio es mi idioma. Porque quiero ahondar en ese océano que llora tan dentro de mí. A sabiendas de que el filósofo no ofrece ninguna respuesta, necesito saber por qué actuamos así, por qué abandonamos a las personas o son ellas las que nos abandonan, por qué somos egoístas, por qué a veces no profundizamos en el otro, en su dolor, ni nos miramos en su ser. Hace poco aprendí que incluso las personas impasibles rasgan a veces los pétalos de las rosas. El otro. Qué poco conocemos al otro.
 
“El otro, debemos reconocerlo, es para nosotros una especie de alucinado. Sólo le comprendemos hasta cierto punto. Luego, divaga forzosamente, puesto que incluso sus preocupaciones más legítimas nos parecen injustificadas e inexplicables.”
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“La nada, para el budismo (a decir verdad para Oriente en general), no implica la significación siniestra que nosotros le damos. Se confunde, por el contrario, con una experiencia extrema de la luz, o, si se prefiere, con un estado de eterna ausencia luminosa, de vacío radiante: es el ser que ha superado todas sus propiedades, o más bien un no-ser extremadamente positivo que dispensa una dicha sin materia, sin substrato, sin ninguna base en mundo alguno.”
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“Se ha comparado el nirvana con un espejo que no reflejaría ya ningún objeto. Es decir, con un espejo puro para siempre, para siempre deshabitado.”
 E.M. Cioran
E. M. CIORAN nació en Rasinari, Rumania, en 1911, y murió en París en junio de 1995. Antes de instalarse definitivamente en la capital francesa –y adoptar el francés como lengua de expresión– ya había escrito varios libros en rumano: De lágrimas y de santos, En las cimas de la desesperación, El ocaso del pensamiento, El libro de las quimeras y Breviario de los vencidos. Desde mediados de los años cuarenta, Cioran ya sólo escribirá en lengua francesa. A esta época corresponde Ese maldito yo, La caída en el tiempo y otros. A esto hay que añadir Conversaciones, un volumen que recoge las mejores entrevistas realizadas al autor, y sus imprescindibles Cuadernos. 1957-1972, que aparecieron póstumamente. Se definió a sí mismo como un "filósofo aullador".

3 comentarios:

  1. Genial que las personas impasibles rasguen los pétalos de las rosas. No te hagas tantas preguntas, Ana, y menos en los hoteles. En ellos limítate a ver lo que hacen los demás. Y no les sigas, claro. Me gusta Cioran, pero hay que estar bien preparado para leerlo sin dañarse. Un abrazo

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    1. ¡Hemos cruzado los comentarios en nuestros respectivos blogs! En los hoteles me limito a mirar, solo eso. Soy chica buena; leo mucho y escribo a veces. Cioran es otro tema, sus aforismos son geniales. Cierto, hay que leerlo sin dañarse, con un mínimo de distancia. Mi abrazo

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  2. Conozco a gente que hace eso, no solo en los hoteles, en muchos lugares. Observar a la gente y decidir quién es, que piensan hacer en los próximos minutos, cómo les ha ido la vida. Es un excelente ejercicio literario!!! Un abrazo. Tu entrada es magnífica.

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